Lars von Trier confesó realizar esta película para superar una
depresión en la que el propio director danés estaba sumido en
esos momentos. En “Antichrist” somos testigos de toda la imaginaria
visual de una mente temporalmente enferma que roza la pornografía más
vulgar entre los escenarios de una sutil belleza barroca. Durante su exhibición
en el festival de cine de Cannes un gran núcleo de la prensa acreditada
le dedicó un sonoro abucheo mientras en otra sección de la platea
nos dividíamos entre las carcajadas más irónicas y la más
absoluta de las indiferencias.

El provocativo cineasta reconoce haber plasmado en la pantalla sus
perversiones más inexplicables. Si, en serio... lo dijo durante una conferencia
de prensa en su propio país ante una horda de estudiantes aún
en edad de reventar granos ante el espejo. Sabíamos que le gustaban las
sensaciones fuertes pero no que le seducía tanto la idea de ver a dos
cuerpos fornicando envueltos en su propia sangre. Que picarón. También
confesó –una vez recuperado de sus propios problemas personales-
que consideraba este proyecto como el más importante de toda su larguísima
carrera –seguro que más de uno, después de ver la película,
dudará de que realmente estuviese totalmente recuperado cuando llegó
a afirmó esto-. Trier saca de nuevo a relucir su notoria
misoginia mientras divide su nueva patochada pretenciosa –¿cuántas
lleva ya?- en pequeños episodios con ridiculas reminiscencias teológicas
en lo que resulta ser finalmente una mera excusa para mostrar mutilaciones,
masturbaciones, eyaculaciones en la cara, cuervos a la espera
de que su dieta se encuentre en su punto justo y un zorro poeta e insolente
haciendo un llamamiento de viva voz al caos más absoluto. Menudo desaguisado.

Willem Dafoe y Charlotte Gainsbourg interpretan a una pareja caída en
una plena tragedia personal. Ella es una histérica con graves problemas
mentales; él es su psicoterapeuta, un tipo de lo más sosainas
y que jamás quiere mostrar sus sentimientos por temor a que los otros
le consideren un débil, incluyendo a su propia esposa. Ambos son tan
pusilánimes que deciden retirarse de la vida mundana que suelen llevar;
sólo piensan en huir y escapar de todos sus problemas, trasladándose
así a vivir finalmente a una "bonita" casita de madera en pleno
bosque montañoso a la que ellos llaman con el idílico nombre “Eden”...
incautos, todo el mundo sabe que en las cabañas de los bosques
habita el propio diablo en persona. Allí ambos dos –o tres, o cuatro,
depende de las multipersonalidades de cada uno y de sí el espectador
quiere intentar unirse a la fiesta- entrarán en una espiral de sexo sadomasoquista
y monstruosamente gore.

Las “vacaciones” en la cabaña servirán para que ella
siga tranquilamente trabajando en su tesis acerca de la maldad innata de las
mujeres y su estrecha relación con Gaia, la madre naturaleza que todo
lo puede y que, como “mujer” que es, siempre saca a relucir
su lado más siniestro para causar el mal y el pleno sufrimiento a los
hombres de la tierra –según afirma el propio personaje de Charlotte
Gainsbourg-. Todo ello sucede mientras la parejita pasea entre la niebla,
rodeados de cadáveres putrefactos. Que agradable escenario para pasar
unos días ¿qué no?. En este sentido, “Antichrist”
sobrepasa todos los cánones en lo referente a su estilo visual. La fotografía
del genial Dod Mantle –ganador de un Oscar por “Slumdog millionaire”-
envuelve las secuencias más “terroríficas”
con un logrado y efectista halo fantasmal en lo que resulta ser todo un poderoso
espectáculo de realismo expresionista, sin duda lo más salvable
de todo el proyecto. Cuanto talento el suyo malgastado para un trabajo
que muy pocos podrán –o sabrán- disfrutar.

La secuencia inicial de “Antichrist” empieza con una desgarradora
escena de sexo explicito en donde los protagonistas copulan, con toda naturalidad,
en un escenario barroco y musicalmente decadente mientras la tragedia les rodea,
sin que ellos den cuentas del suceso. Pero eso es solo un pequeñísimo
aperitivo de lo que nos espera en la película. Los fanáticos de
la belleza –especial- de “la Gainsbourg” están de enhorabuena;
esta será, a partir de ahora y sin ninguna duda, su pelicula de cabecera
cuando quieran llevar sus fantasías sexuales hacia el paroxismo. Gainsbourg
aparece en todo su esplendor, desnuda de un lado a otro y gritando
como una posesa, con hervores uterinos, entre los arboles de un bosque crepuscular.
Mientras, la recargadísima imagineria religiosa y sexual enloquece por
momentos, al mismo ritmo que lo hace su protagonista femenina y Dafoe va sufriendo
las dolorosas consecuencias en sus propias carnes. Entre “polvo”
y “polvo” una colección de los mayores tópicos del
cine de terror irán haciendo su aparición en escena, uno tras
otro, con la única justificación de la pura gratuidad de los hechos.

El último proyecto del audaz von Trier es algo tan lamentablemente
irrisorio que bien vale, por lo menos, un visionado. Aunque el espectador
seguramente deberá hacerlo en formato casero ya que es imposible que
semejante subproducto llegue a estrenarse en las comerciales salas de cine de
nuestro país.