Sam Raimi vuelve, después de dirigir algunas de las películas
más taquilleras de la historia, al género que le dio fama y reconocimiento
mundial con esta “Drag Me To Hell”, ridiculizando de un plumazo
todo el sistema de ratings al trasladar aquí su estilo gore y descerebrado,
logrando que todo esta loa al vomito fuera clasificado para mayores de 13 años
y asegurándose de este modo un buen pelotazo en la taquilla. Menudo genio.

Como el propio nombre indica, “Drag Me To Hell” es un tour de force
que parte -sin frenos- hacia la caída en desgracia de su protagonista.
Una joven –con el cuerpo de Alison Lohman en su primer papel protagonista-
vislumbra un futuro prometedor muy cercano; pero lo que acabará
viendo serán las propias entrañas del infierno, desde una posición
demasiado cercana, cuando sea la responsable de declarar el embargo
bancario sobre el hogar de una satánica y sucia gitana llamada Mrs. Ganush.
La desdichada muchacha no debería estar allí, el responsable
de todo esto debería haber sido el gilipollas de su jefe, pero el destino
guarda malas pasadas a quien menos se lo espera. Ella buscaba un ascenso pisoteando
la vida de un paria inofensivo y lo que termina encontrando -por meterse con
la Señora Ganush- es precisamente todo lo contrario: el ataque
furioso de una horda de espíritus malignos comandados por una bruja asquerosa
que la arrastrarán –literalmente- hacia las profundidades del infierno.
El espectador se convierte en un testigo de excepción al tener que acompañar
a la muchacha a lo largo de todo su viaje de pena y sufrimiento, forzándolo
incluso a tomar sus propias decisiones morales, mientras por la pantalla van
desfilando reconocibles figuras de demoníacos seres mitológicos.

Raimi se toma un buen trago de “homenaje” para trasladar a la pantalla
–con la estrecha e inevitable colaboración de su hermano Ivan-
algunas de las ideas que causaron furor en en el cine de género de los
años ’50 –sobretodo del horror sensual genuínamente
italiano- con un guión que parte de una idea anterior al primer “Spiderman”.
De paso, y sin ningún tipo de vergüenza, escupe sobre la
tumba de todos los “scream-wannabes” –sepultados definitivamente
con la llegada de esta película- donde quedará enterrado todo
el cine de terror occidentalizadamente mainstream de esta década.
La protagonista no tarda en darse cuenta que debe dejar de ser una idiota gritona
para tomar la iniciativa y solucionar su “pequeño” problema,
aunque deba pasar por encima de cualquiera... aquí lo único que
importa es su propia supervivencia y está dispuesta a hacer lo que sea
para conseguirla, convirtiéndose de este modo en una especie de Bruce
Campbell moderna. ¿Dónde están las motosierras
cuando uno más las necesita?

A saber como reaccionarán los juveniles fans de “Spiderman”
que desconozcan el pasado cinematográfico de Raimi cuando vean lo que
su creador de sueños particular ha sido capaz de llevar a la pantalla,
incluyendo los penosos efectos especiales –tan alejados de la perfección
de su “Spiderman”- que desprenden ese tufillo cutre ochentero tan
destilado. Que el tema elegido haya sido “banqueros-embargos-maldiciones”
ya por sí sólo provocará, en estos tiempos que corren,
más de una sonrisa cómplice entre los espectadores adultos de
la platea.
Un último recadito de Raimi para la audiencia más jovenzuela
y desvergonzada: sed respetuosos con quienes os rodean, nunca sabes
a que monstruo endemoniado puedes estar enfrentándote.
